User talk:Marcomogrovejo

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I.- Aquella cabeza clavada sobre una pica me parecía un trofeo demasiado macabro para exhibirse en la capilla de Chàlons, pero aun así necesité semanas para atreverme a preguntar al padre Armand, porqué la conservaba. El anciano sacerdote permaneció largo tiempo en silencio, mirando por la ventana; hasta que por fin respondió. "Yo estuve allí, en la batalla de los Campos Cataláunicos, luchando junto a Aecio y Teodoríco el Godo". Sabía que décadas atrás aquí se había librado una batalla, de vez en cuando los campesinos siguen dejando al descubierto con el arado, esqueletos y escudos rotos. "¿Contra quién fue padre?", le pregunté, "¿contra quién luchasteis?" Se volvió hacia mí y me dejó paralizado con su mirada de anciano. "Contra Atila, el rey de los hunos", contestó. Después me contó la historia. Los hunos surgieron de la nada en el siglo V, ansiosos por apoderarse de un imperio romano debilitado por la corrupción interna y por la expansión de otras tribus bárbaras. Fueron los hunos los que expulsaron de aquí a muchos de los bárbaros que los habían precedido. Eran unos aterradores guerreros procedentes de las estepas de Asia, con el cuerpo desfigurado por las cicatrices de heridas rituales y las piernas deformadas por pasarse casi la vida entera a lomo de su caballo. Pero a pesar de su temible aspecto, no se habrían diferenciado mucho de otros invasores de no haber sido por su jefe, Atila, quien se dio así el sobrenombre de "El Azote de Dios". Dirigidos por Atila y su hermano Bleda, los hunos no se limitaron a invadir Escita y Persia: Las devastaron.

II.- Le pedí al padre Armand que me contara algo más acerca del legendario Atila, a quien las historias describen siempre más como un monstruo que como un hombre. "Era un hombre", respondió el sacerdote, "pero ni su aspecto era como la de los romanos, ni veneraba al Dios romano, esa fue la causa de todo lo que sucedió después". El padre Armand se estremeció entonces, como sobrecogido por la brisa helada que entraba por las ventanas abiertas de la capilla. Entre los bárbaros el trono no se obtenía ni por derecho divino ni por dinastía, sino por ser el más fuerte, Atila lo era entre los hunos, y así ansió su posición cuando blandió una vieja espada oxidada que dijo era la de Marte, el antiguo Dios romano de la guerra, Atila tenía la costumbre de hacer girar sus ojos fieramente, como si deseara disfrutar del terror que inspiraba; tenía carisma sobre los demás, así que muchos eligieron unirse a el, muchos extranjeros se unieron a su consejo como escitas, borgoñones y godos, el más importante de estos fue el hijo de una eminente familia romana que fue enviado como rehén, para afianzar la paz entre romanos y hunos, el muchacho de llamaba Flavio Aecio, nombre que no debemos olvidar.


III.- Ahora que había avivado sus recuerdos, el padre Armand parecía deseoso de contar su historia, explicó que como los otros bárbaros guerreaban de una manera completamente distinta a como hacían los romanos o mi pueblo, los francos. Los hunos atacaban todos juntos, a menudo lanzando flechas al acercarse y retirándose de repente, las naciones de Europa acostumbradas a formar en columnas e hileras e incluso a lanzar retos personales, consideraban que esto era una aberración, no podían entender esa forma de guerrear, los bárbaros no conquistaban territorios, no intentaban retener ni colonizar las ciudades que atacaban, se limitaban a destrozarlas y saquearlas, llevándose el botín a su campamento. En esa época había dos imperios Romanos, por que el gobierno había decidido que los territorios eran demasiados amplios para poder ser administrados de manera efectiva por una sola ciudad, Atila y los hunos iniciaron una serie de incursiones en el imperio Romano de oriente.


IV.- La ciudad Romana de Naiso fue borrada de la faz de la tierra. Loshunos devastaron el lugar de tal manera que cuando los embajadores Romanos lo atravesaron para entrevistarse con Atila, tuvieron que acampar al otro lado del río fuera de la ciudad. Las orillas estaban cubiertas por huesos humanos, y en la ciudad el hedor a muerte era tal, que impedía entrar en ella, muchas ciudades europeas sufrirían pronto el mismo destino, los embajadores que los romanos habían enviado a Atila, llevaban la intención oculta de asesinarlo; de alguna forma Atila de entero del intento de acabar con su vida y envió de vuelta al emperador al aterrorizado asesino que llevaba en un saco atado al cuello el oro que había cobrado por su intento; después de aquello, a los hunos no les fue difícil de convencer al Imperio Romano de Oriente, de que empezara a pagarle tributos y evitar así la invasión.

V.- Ya entonces, los romanos tenían una considerable experiencia en sus tratos con los bárbaros, podían civilizar en cierta medida a los invasores ofreciéndole como tributo territorios situados en los límites de su imperio que no les servían de gran cosa; antes de la llegada de Atila esa táctica funcionó con los hunos que se habían asentado en el valle del Danubio. Todo esto cambió cuando Atila tomó el mando. Era más agresivo e impredecible que los anteriores reyes Hunos, y exigió el aumento de los tributos. Cuando los romanos se negaron, marchó sobre el Imperio Romano de Oriente, se dirigió hacia la magnífica ciudad de Constantinopla, cuyas dobles murallas jamás habían sido expugnadas. Atila no se limitó a ataques aislados, ahora los Hunos avanzaban lentamente, destruyendo todo lo que encontraban a su paso, los romanos tendrían que volver a pagar su tributo o serían destruidos.


VI.- "¿Quién era este hombre para amenazar al emperador romano?", pregunté. Los títulos como el de emperador nada significaban para los hunos. Atila no había sido nombrado gobernante, solo era el más fuerte de los hunos, las comodidades de su cargo, no significaban nada para él, mientras sus jefes y consejeros comían en vajilla de plata, su copa y su plato estaban tallados toscamente en madera, sus guardias escitas lucían joyas en la empuñadura de su espada y se sujetaban la capa con broches de oro, pero Atila no mostraba tales amaneramientos, solo le interesaba la conquista, se decía que intentaba construir un imperio que rivalizase con el de Alejandro Magno. Todos los bárbaros ansiaban poseer Roma, como si eso les otorgaba la inmediata legitimidad de un imperio mundial; sin embargo, a diferencia de otros bárbaros, Atila tuvo realmente la oportunidad de conseguirlo.


VII.- El emperador del Imperio Romano de Occidente tenía una hermana llamada Honoria, que tras muchos años de confinamiento en sus habitaciones, tuvo la absurda idea de mandarle una carta a Atila en la que le pedía que se casase con ella. Hay que suponer que Honoria no sabía donde se estaba metiendo. Aunque Atila poseía numerosas esposas, se dio cuenta de inmediato de la ventaja que esa unión podría ofrecerle. Cambió repentinamente de planes, ya no invadiría Constantinopla, en el Imperio Romano de Oriente, sino Roma, en el Imperio Romano de Occidente, y de hecho, exigió como dote la mitad de ese imperio. Atila envió a los hunos a través de Rin y fraguó alianzas con otros jefes bárbaros; algunos, especialmente los borgoñones y ostrogodos, se unieron a la confederación huna, mientras que otros, como los visigodos, aprovecharon para obtener el favor de Roma oponiéndose a los hunos. Cuando Atila entró en la Galia, lo que actualmente llamamos Francia, se limitó afirmar que reclamaba con la fuerza lo que era suyo con derecho propio, por su matrimonio con Honoria.


VIII.- El anciano sacerdote bajó la cabeza mientras relataba lo que sucedió después, y puedo asegurar que el peso de los recuerdos le causaba un gran dolor. Atila no se detendría ante nada hasta conseguir a su prometida, Honoria, y lograr su objetivo, dominar el Imperio Romano. La devastación de la Galia no tuvo precedentes. Los hunos torturaban a la gente, despedazando su cuerpo con caballos salvajes o aplastando sus huesos bajo el peso de las ruedas de los carros. Abandonaban los miembros insepultos en los caminos como alimento para los perros. Todo el camino desde la Galia hasta el Danubio, de donde procedían los Hunos, estaba adornado con cabezas clavadas en estacas. Sitiaron Orleáns, ya que Atila había aprendido bastante sobre el arte del sitio, desde que se había enfrentado a las murallas de Constantinopla, pero mientras los hunos realizaban su funesta tarea, una gran nube de polvo apareció en el horizonte. Había llegado Aecio con el ejército romano.


IX.- En ese momento, dijo el padre Armand, es cuando entro yo en la historia... La batalla entre hunos y romanos tuvo lugar a finales de junio del año 451. Aecio, un general famoso y brillante, que de niño había sido rehén de Atila, dirigía a los romanos. Aecio conocía a Atila y las costumbres de los hunos. Desde que regresó al Imperio Romano de Occidente, fue quien más de esforzó por mantener Roma en pie durante el periodo de las invasiones bárbaras. Su ejército no era lo bastante numeroso para enfrentarse solo a Atila, por lo que Aecio convenció a las tribus de los alanos y visigodos para que se aliaran con él; aunque estos pocos fiables aliados compartían con los romanos el odio a los hunos, seguía siendo un gran logro por parte de Aecio el haberlos unido en una relación militar efectiva. Los hunos estaban ansiosos por luchar, los chamanes de Atila examinaron las entrañas de reses y el color de los huesos de las ovejas y profetizaron la derrota de los hunos en los Campos Cataláunicos. De todas formas, también profetizaron la muerte del jefe del bando contrario. A Atila el intercambio debió parecerle justo y plantó batalla a Aecio y a los godos. Antes del derramamiento de sangre, Atila se presentó ante sus tropas reunidas sosteniendo en su puño la espada de Marte; así les habló: "Es un derecho natural alimentar el alma con venganza; yo lanzaré la primera lanza al enemigo, si alguno se queda quieto mientras Atila lucha, es hombre muerto".


X.- La batalla fue una catástrofe, una de las más grandes y sangrientas que el mundo ha contemplado. La tranquila corriente del río se transformó en torrente por la cantidad de sangre. Compadezco a aquellos que se vieron obligados a apagar su sed en él. "Cadavera vero innnumera", dijeron después los romanos; "los cadáveres eran realmente innumerables". Murieron quizás trescientos mil hombres en los Campos Cataláunicos. Se dice que los fantasmas de los muertos siguieron luchando durante varios días. "Estuve a unos centímetros del feroz rey huno, mientras recorría majestuoso el campo de batalla intentando determinar cuantos de sus jefes y aliados seguían vivos. Cuando me encontró, me acurruqué debajo del escudo y me puse en paz con Dios; pero Atila no me decapitó, vio que era un hombre santo y me mandó a unirme a su séquito de consejeros extranjeros". "Por eso sabéis tantos de los Hunos", dije. El sacerdote asintió. A pesar de la matanza el resultado de la legendaria batalla fue poco claro. Atila había perdido gran parte de su caballería, pero el ejército romano quedó totalmente destruido. Durante un tiempo nadie supo si el gran rey huno continuaría tras la mano de Honoria. "¿Y la profecía?", pregunté, "¿murió Aecio en el campo de batalla?". "No. El que murió", cumpliéndose así la profecía, "fue Teodorico el Godo, no Aecio". Este sabía que si destruía por completo a los hunos, entonces los visigodos no tendrían necesidad de una alianza con Roma, por lo que Roma tendría que enfrentarse a otra amenaza bárbara. Y de esta manera, Aecio se retiró de la vida militar. Esperaba que el resultado de los Campos Cataláunicos, detendría a los hunos y a los godos. Esperaba también haber hecho lo suficiente para salvar su imperio. Pero no fue así.


XI.- En cuanto a Atila, Honoria le esperaba con los brazos abiertos en Roma. Solo un año después, parcialmente recuperado de sus pérdidas, Atila puso sus ojos en Italia. Los hunos atravesaron los Alpes, bajaron a la península itálica, e iniciaron otra gran invasión que aterrorizó a los habitantes del Impero Romano de Occidente. Atila quería tomar Roma y coronarse a si mismo como emperador. Te recuerdo que ya no era ya la Roma de César, sino una Roma decadente, golpeada por los terremotos y las guerras con los bárbaros, y esta vez no había ningún general Aecio capaz de rechazar a los feroces hunos.

XII.- La ciudad de Aquilea, en la punta del Adriático, fue borrada de la faz de la tierra. Los fugitivos de esa pobre ciudad se refugiaron en las islas, pantanos y lagunas de la parte norte del Adriático, donde formaron un estado, que más tarde se convertiría en la república de Venecia. "¿Y qué pasó con el Papa?", pregunté. Nadie sabe lo que le dijo San León al rey huno, pero ese mismo día Atila dio media vuelta con ejército y regreso a las tierras hunas del Danubio. El rey de los hunos murió poco después: Al no haber tomado Roma, no pudo tener a Honoria, pero se trajo a otra esposa para su harén. En su noche de bodas, Atila sufrió una hemorragia nasal, se atragantó y murió. Para un hombre que siempre se jacto de que "donde pisa mi caballo, jamás vuelve a crecer la hierba", fue una muerte curiosa y poco ejemplar. Los guerreros hunos de cortaron el cabello y se rajaron el rostro para que la muerte del rey se lamentara, no con lágrimas de mujer, sino con la sangre de los guerreros. El terrible reinado de las conquistas de Atila solo duró ocho años, aunque se hicieron largos. El padre Armand guardó silencio durante un buen rato, echó una mirada a la cabeza clavada en la estaca. "Un trofeo huno", dijo "creo que era un Visigodo, murió en la batalla de los campos Cataláunicos. La guardo aquí para poder verla todos los días y recordar". "¿Recordar qué, padre?", le pregunté. "El olor de un pueblo ardiendo, los gritos de la carnicería, la forma que los aldeanos huían de los jinetes hunos, la manera en que los alcanzábamos, lo que se siente al conquistar al lado de Atila y los Hunos". Se inclinó y quedó tan cerca de mí que pude sentir su respiración. "A veces... lo echo de menos."


Quien ha copiao esto del Age of empires 2??. Llegué aquí por casualidad, en que consiste esta seccion??